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La conquista del aire de Alexandra Domínguez

vídeo publicado: 14/12/2010

Sobre el libro

La conquista del aire

Alexandra Domínguez
Poesía
Cuarto Propio, 2008
Idioma: español
ISBN: 9789562604505
Literatura chilena. Poesía.
XX Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez


En La conquista del aire, la poetisa rescata además retazos de su propia memoria unidos a un oficio que busca devolver la conquista desde la palabra, lo poético, entendiendo al aire mismo como poesía.

La conquista del aire es el primer poemario de Alexandra Domínguez. Publicado en el 2000, obtuvo el XX Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez.
Según la crítica, en el texto, Domínguez despliega su sensibilidad hacia lo cotidiano, lo insignificante, lo que no acostumbra a ser material poético.
En La conquista del aire, la poetisa rescata además retazos de su propia memoria unidos a un oficio que busca devolver la conquista desde la palabra, lo poético, entendiendo al aire mismo como poesía.

De ella ha escrito Gonzalo Rojas: “Alexandra Domínguez apuesta a ver y ve, como difícilmente. Allí está ese texto estremecedor: ‘El poeta es un asunto allí en lo invisible’. Palabra necesaria, lo que se llama necesaria. Pego el oído fino y oigo tierra de Dios. Loado cuanto escribe.”
Editorial Cuarto Propio publica y presenta la primera edición en nuestro país de este texto.

Lectura: La conquista del aire de Alexandra Domínguez

Sobre el autor

Alexandra Domínguez Aguila

1956, Concepción
CHILE


El destino. ¿Cuándo -me pregunto ahora-, llegó la poesía a mi vida? Yo vivía “en la ciudad de los lagartos venenosos”, como gusta de llamar a mi ciudad, Concepción del Nuevo Extremo, el poeta Gonzalo Rojas. Algo extremo debe haber venido sucediendo allí desde hace mucho tiempo, para que el poeta de “La miseria del Hombre”, se refiera de ese modo a una ciudad en la que no hay lagartos. Veneno si, ríos de veneno, lagos de veneno, océanos de veneno. Colibríes también, los colibríes liban en mi ciudad el dulce veneno y luego mueren bajo las buganvillas. Un colibrí muerto bajo las buganvillas se parece, eso sí, a un lagarto venenoso. Todo el mundo sabe que el color verde es venenoso. No digo más. Yo vivía en una casa de ladrillos rojos, en lo alto de una pequeña colina rodeada de árboles. En ese lugar pasé toda mi infancia y adolescencia, por las noches contemplaba a lo lejos la luces de la ciudad que se extendían por el valle. Mi ciudad, la ciudad de la que hablo, se levanta en la zona mas austral del mundo, en el corazón de la araucanía, en el extremo de la Tierra. Los inviernos allí son largos y fríos por eso que no hay lagartos. Llueve, y cuando deja de llover vuelve a llover eternamente. Una noche yo vi desde mi casa un verso de Saint John Perse: “Perdiéndose en los ángulos de las terrazas una reyerta de relámpagos” Lo que se ve, se ve aunque uno sea ciego. Los relámpagos, el instante de la iluminación, lo que hace levantar la vista al cielo. Luego la contemplación de las estrellas fue para mí el más alto amor, nada me conmovía tanto, nada tampoco me desplazaba fuera de mí como habitar cada noche el misterioso inalcanzable de la Cruz del Sur. Una debería de creer que fue entonces cuando cambié de casa, pero una sabe que la otra casa, la de huéspedes que es la de la poesía, no es casa para estar, sino casa para ser, y yo no era lagarto venenoso sino colibrí en las buganvillas. Así comienzan a ocurrir las cosas, las que ocurren y las que nunca suceden pero que una vive tal como si hubieran sucedido. Luego ocurrió el suceso del violín de mi madre, que era como un enorme colibrí de madera. Los sábados de otoño, al atardecer, pasaban los evangelistas con sus acordeones, y algo sobrenatural sucedía súbitamente en mi mundo: mientras el predicador hablaba al vacío con su altavoz de latón en la mano, se abría en el cielo gris una grieta y del lejano azul brotaba la geometría del Arco iris. Algún día alguien habrá que poner nombre a esas cosas. Acaso la palabra inocencia y la palabra humildad estén a gusto a su lado. Tal vez esa gente que aún hoy recorre las calles y los caminos mojados de los que no tienen patria en este mundo, los que le cantan a un dios que nunca han visto y predican en cada esquina de la pobreza la redención de su derecho a no tener hambre, absortos en su mínima iluminación despreciada por los grandes reflectores del saber, tampoco se sientan a disgusto sentados a la mesa de la poesía. La poesía, la poesía vivía para mí en los suburbios, en las zonas de peligro de mi realidad, te nombraré pobreza, te nombraré casa de madera, humo de carbón, pan sin nada. Yo ya no vivía en una casa sobre la colina, sino en una casa sobre las nubes. Interpreto la cábala de mis días, oigo el bullicio de los mercados, veo el color de las frutas, toco la papaya amarilla y el durazno fragante. Ahora el agua hervida sabe a llantén y a boldo, a cedrón y bailahuén, saben a agüita de luna los días en que una niña comienza a ser mujer. He contemplado mi vida contemplando la vida de otros, lo ajeno empezó a conmoverme como única realidad de lo propio. Entonces yo todavía no suponía que era la poesía el hilo que me vinculaba con la apariencia de lo distante. La vida otra, no la otra vida, la vida vida, la que anda por la calle pareciéndose a nosotros, en su humildad y grandeza, en la precariedad y en el gozo. Yo no podría decir con Rimbaud: “Una noche senté a la Belleza en mis rodillas.- Y la encontré amarga.- Y la injurié”. No, yo levante una noche los ojos hacia las estrellas, y las encontré hermosas, y las alabé. Ahora la belleza está sentada sobre mis rodillas en los libros que leo, en las calles de tinta que atraviesan la patria de papel de Jean Nicolas Arthur el vidente. Los libros en que una vida que no es mi vida enaltece la probabilidad de bien de mi persona: el arte como salvación, la poesía como indulto ante la intemperie. Pasé una temporada en el infierno. Rimbaud fue el primer poeta que leí, el primero que conocí, a pesar de que el inmenso bosque de Neruda echaba hasta en el aire sus raíces. Pero el poeta maldito llegó antes a mi adolescencia, entró sin llamar, obligatorio, persuasivo, seductor en la voz del profesor en las aulas del Liceo Francés. No diré una palabra más sobre ese hermoso canalla que me cambió con vehemencia la vida. “El dice: No amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor, ya se sabe”. Yo no lo sabía, así que demasiada suerte la promiscuidad! Tras él llegó el elegante Perse, Alexis St. Léger Léger: Saint John Perse, la celebración del mar, la inteligencia de los vientos y los pájaros, el mundo como texto de una patria universal, el vaticinio, la definitiva hasta hoy mano del poeta. Quiero recordar también al Gran Meaulnes, el enigmático personaje de la novela de Alain Fournier, a él debo el color gris de la melancolía, el amor por los muchachos extraños que tienen un secreto que nunca descubrirá nadie y que los hace preciosos a mi corazón, sentados en el último pupitre de una escuela de provincias. Ellos, los que conocen el árbol donde hace su nido el ángel de los enigmas, los que coleccionan palabras mágicas que cambian la vida. Mi Gran Meaulnes, vestido de negro, bajando de la colina de mi casa por la cuesta que conduce al lugar de los sueños. Tan alto como él era Nicanor Parra, el hermano de Violeta, que apareció también muy pronto en los frecuentes relatos de infancia de mi padre, compañero de estudio de ambos en el Liceo de Chillán. Nicanor y Violeta Parra fueron pronto presencias fervorosas en la memoria familiar El vínculo con mis antepasados campesinos, la tradición popular, el mundo rural de la leyendas, el habla mágica de los payadores, el sencillo cosmos de las arpilleras bordadas con los estambres de la necesidad de hacer más hermosa la realidad del mundo, de conjurar la miseria con guitarras y pájaros de colores, abrió ante mi el universo imaginario y posible del arte. Comencé a pintar, e intenté a parecerme a aquello que le gustaba a mi alma. Ha pasado el tiempo, he hablado de la cábala, de los colibríes, de la dulce Violeta Parra. Tal vez haya hablado demasiado de mí, así que ahora diré algo sobre Emily. Emily es el aliento que siento cerca de mí cuando escribo. Emily es el aire que respiro cuando me asfixio. Si la poesía no se llamase poesía, la poesía se haría llamar Emily Dickinson. Fragmentos, poemas inacabados, una ruta directamente hacia ninguna parte. ¿Acaso no sería esta una hermosa invitación? Eso es todo lo que tenía que decir sobre Emily, dios me perdone. Si el poeta es el que oye, el poeta debe hablar de oídas, es decir, de lo oído, no de lo leído, sino de lo oído en lo leído. Gonzalo Rojas lo advierte al inicio de uno de sus libros antológicos, dedicándose “no al lector, sino al oyente”. Leer, lo que se dice leer, todos hemos leído mucho; ahora bien, oír, lo que se dice oír... Creo que cuando leemos a un poeta si no lo oímos es que su voz no existe. Puede haber literatura, puede haber arquitectura de palabras, puede, cómo no, haber en él originalismo crítico, paisaje de buena voluntad, partituras de música, raras especies lingüísticas, inalcanzables emociones semánticas, pero no se oye, no oímos su silencio, su secreto a voces, su, como diría un poeta más que amigo, “su voz sin boca”. Yo oí, por primera vez hace diez años, al desde entonces ya eterno Rafael Pérez Estrada, él fue para mí el encantamiento, la fe en la alegría, la generosidad de los qu

Fuente: Alexandra Domínguez Aguila

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